Un poeta (Medellín, 2025), y la genealogía que me trajo hasta él

 

Un poeta (Medellín, 2025), y la genealogía que me trajo hasta él

El cine colombiano me ha dado muchas satisfacciones. El trabajo de Luis Ospina para mí es fundacional: Pura sangre (1982), Agarrando pueblo (1978), el detrás de cámara de La virgen de los sicarios (1999) y, por supuesto, su obra cumbre, Tigre de papel (2007), además de sus actuaciones, entrevistas, textos, ediciones, el trabajo de sus colaboradores… Pero Ospina se merece su propio artículo; aquí solo lo menciono por su lugar en el cine hispanoparlante.





Siniestro (2001), de Ernesto McCausland, es para mí el filme que me convenció de que el blanco y negro estaba listo para ser redivivo. Silencio en el paraíso (2011), de Colbert García, una obra maestra indiscutible — recuerdo tener la dicha de haberla visto en 35 mms junto a su director. Una experiencia muy gratificante.





Recientemente pude agregar a ese ilustre listado a Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto. Un filme en celuloide, con la belleza apacible del color del valle de Aburrá. ¡Qué hermosura la de Colombia, en la cordillera de los Andes!



Tiene la fuerza, y hasta el pathos, del drama humanista que el Renacimiento levantó frente al teatro alegórico y religioso de la Edad Media — trasplantado, abonado, regado, y hecho crecer en la América poscolombina. Es un filme que logró producirme catarsis (tal vez exagere, pero así me siento) y que me dejó plenamente agradecido.

Las actuaciones tienen el nivel que alcanza el mejor cine latinoamericano, sin deudas con la tradición anglófona que todos amamos. Ubeimar Ríos, como Óscar Restrepo, carga la película entera con una dignidad rota que nunca pide lástima — y Rebeca Andrade, como Yurlady, le sostiene la mirada sin dejarse eclipsar, que ya es un logro considerable frente a un actor de ese peso. Guillermo Cardona, como Efraín, el otro poeta (Al que le dedican la frase más poética de toda la película) y Margarita Soto ( genial y maternal como La Madre) Allison Correa (Desgarradoramente humilde como La Hija) completan un reparto que nunca suena a actuación.



La fotografía, de Juan Sarmiento G., es de una altísima suficiencia. (Si el propio Sarmiento llega a leer esto, entenderá exactamente lo que quiero decir. Si no lo hace, imagino que el resto de los lectores lo tomará por un elogio más, como todos los que llevo dados hasta aquí — y no los voy a sacar de ese error.)

La edición, de Ricardo Saravia (no sé si valió la pena haber dividido el relato en cuartos; pero el filme fue todo un éxito así que seguro esa división es un componente de ese éxito que no llegué a captar en mi primer visionado), es muy potente. Logra, o permite, disfrutar plenamente de los espacios cerrados en la lente, de las actuaciones rayanas en la crudeza, y deja respirar un poco.

La duración me parece justa, aunque les tengo tanto cariño a los personajes que hubiera aguantado al menos dieciséis minutos más con el tío de yurledy (Interpretado por Hugo Zapata Montaya) — ¡qué personaje latinoamericano! — y con el borrachito amigo de Óscar, otro granuja entrañable.



En definitiva, o para dar por concluida mi opinión es un filme que se merece su éxito, que ha logrado destacarse en Europa, y en la América anglófona porque sostiene el triste postulado (¿Será cierto?) que el arte es un privilegio. Sospecho que sostener eso es parte esencial de su éxito, sospecho también que el autor lo sabe, y que no deja de hacérnoslo notar en el filme, la niña (Poeta, Poetisa le llaman, le gritan sus compañeros) tiene que aceptar que la poesía no es solo de quien la escribe, ni de quien la lee, también es de quien la promueve, y parece ser que el cine tiene esa condición también.

Creo que hubiera sido un filme que Roberto Bolaño hubiera disfrutado mucho, muchísimo ver, y para mí es un requiebro dicho con todo el cariño del mundo.

Solo lamento que haya en el metraje tres planos — Mesa Soto, Sarmiento y Saravia saben cuáles son — que sobran por completo.


 

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