La Búsqueda de la Trascendencia De los cemíes al cine de género: sincretismo y religión en 'El hoyo del diablo' de Francis Disla


 


Actores de la Casa de San Juan titulo de trabajo de la opera prima

Sobre " El hoyo del diablo"

La Búsqueda de la Trascendencia

I

Francis Schaeffer, en su libro Escape de la Razón, resume los principios constitutivos del arte a partir de la tensión entre dos conceptos: la naturaleza y la gracia. Para ello, parte de los postulados milenarios de teólogos, filósofos, pueblos y chamanes. El objeto artístico es un elemento comunicativo al que hay que acercarse holísticamente para apreciarlo; hay que sentirlo antes que entenderlo, pues constituye una pieza crucial en la búsqueda humana de la trascendencia.

Para los behiques que supervisaban los grabados pictográficos en las cuevas que hoy llamamos de El Pomier o de Las Maravillas, todo su trabajo tenía una connotación espiritual. Las figuras que surgían de las paredes comunicaban con un estado superior de la existencia. Los cemíes representaban entidades reales: la piedra triforme que enterraban en los conucos poseía el poder de hacer crecer sana la yuca. Para el taíno —desde el cacique hasta el más tranquilo pescador de guabinas—, su vida y sus obras tenían un peso no solo en el presente y en el más allá, sino también en una realidad superior habitada por seres sobrenaturales.

El africano poseía una visión del mundo equivalente. Por su parte, el español que habitaba las provincias más occidentales del Imperio romano en Europa traía consigo creencias surgidas del inconsciente colectivo, alimentadas por los presocráticos, la Academia, el Liceo y sus discípulos. A ellos se sumaron, a pesar de las persecuciones, los seguidores de Cristo, cuya cosmovisión estaba signada por una clara contrariedad con el mundo —al que consideraban sometido a las tinieblas— y que construyeron sobre esas creencias una superestructura de pensamiento orientada a racionalizar las entidades sobrenaturales en una jerarquía.

La Roma pagana no pudo sostenerse: el peso de la razón siempre termina por hundir a la mitología. Ya Platón consideraba que el esquema de los poetas Homero y Hesíodo era insuficiente para explicar su mundo arquetípico, dando a luz para el público letrado la idea del Demiurgo. Siglos más tarde, Constantino jura por la señal de la cruz y en Roma se fortalece la idea de una Iglesia católica (universal), insuflándole nueva vida a la decadente estructura del imperio.

La Iglesia católica heredó así un esquema sobrenatural al que tuvo que ponerle nuevo nombre para apropiarse de sus potencialidades: el panteón se convirtió en santoral y Zeus todopoderoso (Zeus Pantokrator) se transformó en el Cristo omnipotente (Deux Pantokrator). Dicho en términos coloquiales contemporáneos: el anciano de barba blanca se tiñó la barba y su nombre se recibió en caracteres transliterados del hebreo.

Mil años después, los descendientes de esos europeos —que ya no hablaban latín y cuyos reinos rivales soñaban con levantar un imperio fuera de Europa— se lanzaron al mar y descubrieron un nuevo mundo. En este proceso trajeron esclavos que no querían abandonar su propio esquema sobrenatural. Los amos tuvieron que aceptar que se fusionaran ambas cosmovisiones, dando nacimiento a una religiosidad que acataba la hegemonía eurocéntrica sin abandonar la potencia espiritual del suelo africano. Aunque el esquema africano que inundó la isla Hispaniola no tenía un dios de barba blanca, la autoridad colonial sí contaba con un lugarteniente imberbe, alado y armado, especializado en perseguir serpientes (Apocalipsis 12) y en alumbrar las tinieblas (Daniel 10), cuya espada podía troncarse en lanza y cuyo nombre mutó de San Miguel a Belié Belcán.

II

En el fondo solo existen dos tipos de religión, sin importar el nombre que adopten por circunstancias geográficas e históricas: la vía de las obras (the way of nature) y la vía de la gracia.

Las religiones que creen en las obras construyen un entramado dogmático y tradicional destinado a asegurar la salvación de quienes practican determinados sacrificios y cumplen con ciertas pruebas. Existe en ellas una relación directa, lineal y verificable entre las acciones en la tierra y el destino del alma: pintar diseños en cuevas, enterrar ídolos, ejecutar danzas rituales o cuidar el color del vestuario. Bajo este esquema, la asistencia a los cultos, el cumplimiento de agüeros populares o la creencia en la glosolalia confirman el bienestar espiritual. En definitiva, son religiones que plantean que el logro de las más altas expectativas depende estrictamente de los actos humanos: yo soy lo que hago.

Resulta evidente que esta es la vía con mayor número de creyentes. Su descripción en el contexto de la idiosincrasia dominicana es lo que logra magistralmente Francisco Disla ("El Indio") y su equipo en la película El hoyo del diablo (2012).

El Indio es un amigo a quien le agradezco el inmenso placer de sentarme en una computadora o en una película a disfrutar del cine hecho en mi tierra. ¡Gracias, Indio, por darnos ese gusto en la pantalla a todos los que apreciamos tu trabajo!

  



Enlace a la película

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