Del pergamino al muro primer capítulo Doña Julia y el octavo capítulo
Mi abuela Julia, mis hermanos Evelio, y Nasry, y yo.
Del pergamino al muro primer capítulo. Julia
Abreu y el octavo capítulo
La Biblia grande de mi madre
Le agradezco a mi madre mi primer acercamiento a la Escritura, ella siempre ha promovido la tenencia, porte, y uso de Biblia, recuerdo en especial las lecturas de una edición de letra gigante, que se iluminaba con reproducciones magnificas de obras de los grandes maestros de la pintura: La torre de Babel, el Diluvio, el Sacrificio de Isaac.
Entrando al arca de Noe, Jan Brueghel el viejo, 1613
La torre de Babel Pieter Brueghel el viejo 1563
El sacrificio de Isaac, Caravaggio 1603
Esas hermosas reproducciones que acompañaban nuestras lecturas; porque la Biblia no la leía solo para mí, leía para mi abuela Julia Abreu. Así fue como esas lecturas se convirtieron en mi introducción a la lectura profunda, y al amor por los grandes maestros de la pintura. Trataré de aligerar la emoción que provocan estos recuerdos, para intentar colegir unas líneas que ilustren el inicio de mi relación con la lectura, y sus protagonistas.En la década de los Noventa, mi madre trabajaba
bastante para darnos de comer, y vestir, y a favor de la educación dominicana
en general, y de la zona de la ciudad donde residíamos en particular. Era
costumbre que durante su horario vespertino de trabajo me quedase al cuidado de
mi abuela, yo disfrutaba inmensamente esas tardes de quietud, cuando toda la
calle parecía haberse ido a trabajar, y se podía escuchar atentamente el trinar
de las aves que pululaban en nuestro cielo tropical.
La Villa Olímpica se mantiene muy parecida a como era en los Noventa
Mi abuela Julia era hija de españoles. Nació en la
segunda década del siglo veinte en un pueblo de la cordillera central del Cibao
que hoy se encuentra en el fondo de un embalse, en esa zona donde la tierra es
fértil y la vida es dura fue donde los hijos de muchos inmigrantes aprendieron
a ser dominicanos antes de que la República terminara o intentara terminar de
decidir qué quería ser.
Ella no sabía leer. Eso no era una vergüenza en su mundo ni en su época: era simplemente la condición de la mayoría de los campesinos dominicanos que nacieron en la primera mitad del siglo veinte, cuando la escuela era un privilegio de la geografía y del apellido, dones negados a mi abuela. Julia Abreu poseía otras cosas: una memoria prodigiosa, un criterio afilado, y la capacidad de escuchar con una atención que muy pocos lectores profesionales logran sostener.
En 1950, punto álgido de la era de Trujillo, llegó
a la capital con mi madre Carmen, un infante, y mi tío Marcelino, un
adolescente animoso dispuesto siempre al trabajo, y la risa. Llegó como
llegaban entonces los que llegaban desde el campo: sin más equipaje que lo
necesario y sin ninguna garantía de lo que encontrarían. Trabajó como pollera,
vendedora de carne fresca de pollos, y en ocasiones de guineas, aves a los que
les tocaba desangrar sin miramientos, en las tardes se dedicaba a lavar ropa,
que secaba en el techo de su humilde vivienda alquilada. En esa economía
informal que sostenía a una parte invisible de la ciudad mientras la otra parte
construía monumentos y organizaba desfiles; ella solo se destacaba por su
integridad.
Años después, Joaquín Balaguer le entregó
personalmente las llaves de un apartamento en la Villa Olímpica. El complejo
había sido construido en Santo Domingo Este para alojar a los atletas de los
XII Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1974: bloques de edificios de
varios pisos, uniformes en su arquitectura funcional, con pasillos largos y
balcones que daban hacia la calle o hacia el patio interior. Una vez terminados
los juegos, el Estado los convirtió en vivienda popular. Para familias como la
de mi abuela, representaban algo que el campo nunca había podido darles: una
dirección fija, una puerta con llave, un pedazo de ciudad que les pertenecía.
Era la primera vez en su vida que Julia Abreu
poseía una casa. No sé exactamente qué pensó en ese momento. Pero sé que guardó
esas llaves con el mismo cuidado con que guardaba las pocas cosas que
consideraba suyas de verdad. Años después encontré en YouTube
el reportaje de la entrega de los apartamentos. Balaguer aparece repartiendo
las llaves. Mi abuela está allí entre la multitud. Apenas unos segundos. Nadie
que vea el video sabe quién es. Yo si.
Reportaje sobre los juegos centroamericanos y del caribe 1974
En el balcón de ese apartamento de segunda planta,
casi todos los días cerca de las seis de la tarde, cuando el calor del sol
caribeño había amainado pero la luz todavía alcanzaba, nos sentábamos a leer la
Biblia. Yo tenía menos de diez años. Ella tenía setenta. Yo leía en voz alta y
ella escuchaba.
El balcón desde la calle en la primavera del 2026
Durábamos así hasta que cerca de las seis y media
empezaba a llegar la gente a nuestra calle. En Santo Domingo, la llegada de los
vecinos al final del día no es un acontecimiento discreto: es una irrupción
sonora, un estallido de saludos, de risas, de motores y de voces que se llaman
de balcón en balcón. Esa estridencia, que en otro contexto hubiera sido
simplemente la vida del barrio, interrumpía el ritual de mi abuela con una
puntualidad casi litúrgica. Entonces pasábamos a su habitación.
Ella se recostaba en la cama y encendía un andullo
de tabaco. No le gustaba el hábito, prefería que los vecinos no se lo
conocieran. Yo continuaba leyendo el
pasaje del día. Al terminar, ella me pedía que le repitiera los versículos que
más le habían llamado la atención, ya fuera por su rareza, por su belleza, o
por ambas cosas a la vez.
Cuando sentía que yo había leído bien, que había
respetado el ritmo de las frases y prestado atención a lo que decían, me
recompensaba con una naranja agria partida por la mitad y espolvoreada con
azúcar prieta. Ese sabor, el ácido de la naranja encontrándose con el dulce
oscuro del azúcar sin refinar, es para mí uno de los sabores más precisos de la
infancia. No puedo leer a Pablo sin que regrese.
En la Biblia que usábamos para nuestro discreto
ritual doméstico de lectura, las reproducciones más impactantes se inspiraban
en el Diluvio, y a mí me encantaba leer las aventuras de Noé y su familia. Pero
el capítulo favorito de mi abuela era el octavo de la Epístola a los Romanos.
El diluvio universal Francis Danby, 1840
No es una elección caprichosa. El capítulo ocho de
Romanos habla de la vida en el Espíritu, de la esperanza en medio del
sufrimiento, de la certeza de que la creación entera gime aguardando la
redención, y de que nada, absolutamente nada, puede separarnos del amor de
Dios. Una mujer que había cruzado una cordillera, que había vendido pollos en
los mercados de una ciudad que no era la suya, que había recibido su primera
casa de manos del Estado cuando ya era anciana, tenía razones muy concretas
para aferrarse a ese capítulo específico. No necesitaba que nadie se lo
explicara. Lo entendía desde adentro.
Pablo escribió esa carta para ser leída en voz
alta a una comunidad que en su mayoría tampoco sabía leer. Julia Abreu era
exactamente el tipo de oyente para quien esas palabras fueron pensadas casi dos
mil años antes de que ella naciera en el Cibao.
Ella murió como mueren los que han vivido con
dignidad: sin deber nada que no pudiera pagar. Conservo el retrato al óleo que
le hicieron, que cuelga en la familia como cuelgan ciertas presencias que no
terminan de irse. En ese cuadro hay una mujer con pañuelo blanco sobre la
cabeza y una mirada que no pide permiso. El fondo es rojo e intenso, como si el
pintor hubiera entendido algo que no podía decir de otra manera.
Mi abuela en pintura
El octavo capítulo de la epístola a los Romanos
termina con una pregunta y su propia respuesta: ¿Quién nos separará del amor de
Cristo? Y luego la lista de todo lo que lo intenta y no puede: la tribulación,
la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada.
Mi abuela me pedía que repitiera esa parte más de
una vez. Siempre al atardecer, con el andullo encendido y la luz entrando por
el balcón de la Villa Olímpica, y a veces con el sabor de la naranja agria
endulzada todavía en la boca.
Creo que sabía exactamente de qué estaba hablando
Pablo.



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