08-VII-2026: Celebrando el cumpleaños de G. Mahler con la Filarmónica de Santo Domingo




 


El pasado 8 de julio pude asistir a un concierto que representaba para mí una doble introducción: por un lado, a la música sinfónica de Gustav Mahler en vivo; por el otro, a la Filarmónica de Santo Domingo.

Como cinéfilo, ya me había topado con la obra de Mahler en dos películas que me agradaron muchísimo —dos producciones que en su momento generaron controversia, pero con las que el tiempo ha sido especialmente amable—. La primera es la célebre Muerte en Venecia de Luchino Visconti. En ella, la música de Mahler tiene un protagonismo absoluto; el espectador que haya visto esa hermosa película recordará cómo su distribuidora se encargó de popularizar en el tráiler los acordes más demoledores de su Adagietto. Años después, otro director de origen italiano pero estadounidense, Martin Scorsese, empleó en un producto eminentemente comercial como La isla siniestra (Shutter Island) una pieza de Mahler que transforma por completo las expectativas del público: el personaje principal, que ha venido mostrando cierta ambivalencia a los ojos del espectador experimentado, se derrumba totalmente al escucharla.



Ambas piezas me habían fascinado en la pantalla. Sin embargo, cuando me tocó encontrarme por primera vez con una de sus grandes obras sinfónicas —su Titán—, confieso que me dormí. En aquel momento yo estaba en un periodo profundamente mozartiano: estudiaba y aprendía la magnitud del periodo clásico, y la Sinfonía n.º 1 no logró convencerme. Era un joven de 19 años pensando en otras cosas, en el año 2000; tal vez Mahler resultó demasiado para mí en ese momento.

Volviendo a este 2026: el 8 de julio —un día después del aniversario del nacimiento del compositor— la Filarmónica de Santo Domingo ofreció una forma estupenda de celebrar su legado. Confieso que iba con cierta aprehensión. Para mí, la Filarmónica era una orquesta nueva de la que no tenía referencias, y me estaba preparando para no disfrutarla del todo. Siento que en este 2026 la Orquesta Sinfónica Nacional está en su mejor momento, mostrando una madurez extraordinaria; ya no es la orquesta reducida a Mozart de mi adolescencia, sino una agrupación casi beethoveniana (pero eso queda para otro artículo).



En esta ocasión, la Filarmónica de Santo Domingo no estaba dirigida por su titular, sino por el maestro y compositor argentino Luis Gorelik.



El Teatro Nacional, como siempre, lucía hermoso y últimamente muy bien aclimatado. Uno cruza sus puertas e inmediatamente olvida que se encuentra en medio del tórrido verano tropical de Santo Domingo. Sus butacas, que en su momento fueron el estándar de la comodidad, han ido perdiendo terreno en la costumbre del espectador moderno: a partir de 2020, los cines de la ciudad renovaron sus salas con asientos prácticamente ergonómicos, un lujo del que la sala Eduardo Brito todavía adolece.

Sin embargo, esa noche me tocó sentarme en la mismísima primera fila. Hacía años que no me encontraba tan ridículamente cerca de los músicos. Lejos de ser un inconveniente, la estupenda acústica del teatro convirtió esa cercanía en una ventaja absoluta. A mí me complace escuchar la música clásica con los ojos cerrados, y al estar allí, tan próximo como para percibir la respiración misma de los instrumentistas, la inmersión fue total.











Durante el primer movimiento, cerré los ojos y me dejé llevar. Al principio me acompañaba un resto de reticencia: no dominaba la obra de Mahler, no conocía a la orquesta y mi espíritu crítico seguía alerta. Pero los primeros acordes fueron disipando cualquier duda. Conforme avanzaba la pieza, la interpretación arropada por el talento de la Filarmónica me convenció de que la Titán no solo es una obra monumental, sino el inicio de un viaje personal.

Escuchar su primera sinfonía en vivo me despertó el deseo irresistible de emprender un ciclo: sumergirme en la Resurrección y continuar, paso a paso, por todo su repertorio. Mahler murió relativamente joven, a los 50 años —una edad en la que muchos creadores apenas alcanzan la verdadera plenitud de su experiencia y facultades—. Aunque el mundo está lleno de obras maestras compuestas por jóvenes, la muerte de Mahler en la cúspide de su carrera como director y compositor sigue sintiéndose como una pérdida irreparable para la historia del arte.

A través de esta entrada por la puerta grande con la Titán, abro formalmente una suerte de diario de mi encuentro con Mahler. En un momento en que buscaba expandir mis horizontes musicales, no puedo sino agradecer la coincidencia de haber estado allí esa noche.

El maestro Luis Gorelik y el alma argentina



Sobre la batuta de la noche, el maestro argentino Luis Gorelik me pareció una figura fascinante. La velada comenzó con sus palabras, ofreciéndonos una breve pero magistral lección sobre el porqué y el quién de la jornada. El motivo de la celebración resultaba doble: festejábamos el aniversario del nacimiento de Gustav Mahler y, a la vez, la proximidad del 9 de julio, Día de la Independencia Argentina —una coincidencia que no es casual sino de calendario: los miércoles en el Teatro Nacional están reservados para los conciertos sinfónicos, y prácticamente toda la temporada se ejecuta esa noche de la semana, de modo que ese miércoles 8 terminó cayendo, providencialmente, junto a las dos efemérides—. Ello explicaba que la sala estuviera concurrida por miembros de la comunidad argentina residente en Santo Domingo y por amantes de esa tierra como yo —puesto que, como he sostenido más de una vez, uno tiene todo el derecho de amar no solo la tierra que pisa, sino también la que anhela pisar.

Las explicaciones previas de Gorelik fueron literalmente un ejercicio de maestría. Para quienes no estábamos familiarizados con la obra de Mahler, escuchar a un director que además es compositor hablar con tal grado de identificación sobre otro colega que fue, precisamente, un legendario director de orquesta y compositor, achicó cualquier distancia. Nos recordó cómo Mahler consagró su vida a la batuta, dirigiendo las grandes óperas y las orquestas más prestigiosas del mundo en las plazas más exigentes de su época. Ese carácter dramático, teatral y de intenso conflicto se respira a lo largo de toda la Titán: es una pieza que, sin dejar de ser estrictamente una sinfonía, posee el aliento narrativo y el dramatismo de la gran ópera. Para alguien como yo, formado principalmente en el neoclasicismo vienés de Mozart, Haydn y Beethoven, o en el universo barroco de Händel y Bach, esa potencia dramática resultó una revelación deslumbrante.

Antes de emprender el viaje mahleriano, el maestro nos preparó el oído introduciendo una hermosa pieza de Astor Piazzolla. Fue una decisión inteligente. La gran música exige disponer el ánimo y afinar la atención; no es fácil entrar de golpe en la densidad de una sinfonía colosal si no se modula previamente la sensibilidad de la sala. Por eso creo tan necesario trabajar con los jóvenes y llevarlos a escuchar música en vivo: Piazzolla funcionó como el puente perfecto hacia el universo de Mahler.

En cuanto a su estilo, el desempeño de Gorelik me impresionó gratamente. Sentirlo dirigir de memoria, absolutamente sin partitura, fue un gesto de una fuerza arrolladora. Revela no solo un dominio absoluto de la partitura y un trabajo riguroso tras bambalinas, sino también el respeto incuestionable de los músicos hacia su guía. Poseía una presencia escénica imponente, casi magnética: al pararse frente a la orquesta y darle la espalda al público, tomó el control absoluto del sonido y nos transportó, durante unas horas, a un mundo mejor.

Mahler es un autor que, cien años después de su muerte, está siendo reintroducido con fuerza al canon. Aunque su música fue la influencia primaria de casi la totalidad de las bandas sonoras del cine clásico de Hollywood, durante un tiempo perdió el favor del público general. Sin embargo, hoy asistimos a un renacer en el interés por su obra, y me parece estupendo que hayan traído la Titán a nuestro país para permitirnos ir conociéndolo desde su primera sinfonía. Es una decisión de programación brillante, más aún sabiendo que existen planes para ejecutar próximamente la Sinfonía n.º 2, Resurrección. Poder escuchar la primera ahora y la segunda después, con orquestas y directores distintos, es un verdadero lujo para los melómanos locales.



Mahler es una fuerza de la naturaleza. Su música es explosiva, agresiva, profunda y sonorísima; posee un timbre tan particular que no se lo he escuchado a ningún otro compositor. Me parecía dificilísimo que una orquesta de nuestro medio pudiera enfrentarse con éxito a semejante monstruo sinfónico. Sin embargo, felicito de corazón a las autoridades del Ministerio de Cultura, a la Fundación Sinfonía, al Teatro Nacional y a la directiva de la Filarmónica de Santo Domingo por lograr un trabajo de primer nivel y de altísima factura.

Yo no conocía la Titán en directo ni había escuchado a esta orquesta, y poder descubrirlos juntos en una pieza de tan extrema dificultad fue una revelación. Para mí, ahí está la clave: quien no escucha a Mahler en la sala de conciertos, no puede apreciar verdaderamente el universo que construyó.

 


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