El eclipse y el aeropuerto — Sasagawa II y las despedidas que nadie eligió
El gran y único Capitán Memo
He decido retornar a mi etapa formativa como cinéfilo, y cineasta. Escribir una serie de artículos sobre mi infancia y sus experiencias, y en especial sobre mi relación con la cultura popular nipona, y sus encuentros con la infancia de Santo Domingo en las décadas de los ochenta y noventa de la vigésima centuria. En el artículo anterior de esta serie hablé de La ranita Demetán y mencioné, de pasada, una lista de melodramas animados japoneses de los años setenta que definieron la sensibilidad de una generación entera de niños dominicanos: Heidi, Marco, Remi, Candy Candy. Quedó pendiente, en esa lista, un nombre que no había nombrado con el peso que merece: Hiroshi Sasagawa, director de Tatsunoko Production —el mismo estudio detrás de Demetán— y una de las figuras más prolíficas y menos comprendidas del anime de su generación. Sasagawa dirigió, entre muchas otras series, Yan Yan el Genio (1969), Gatchaman (1972), y Time Bokan (1975) y participó como guionista en Beast King Golion (1981), la serie que —ya editada y reempaquetada para occidente— los espectadores de mi generación conocimos como Voltron defensor del universo.(el de los leones)
Si Demetán me enseñó, sin saberlo yo entonces, que
el mundo podía ser bello y cruel al mismo tiempo, Sasagawa —sin que yo lo
supiera hasta hace poco— fue el hombre detrás de mucho de lo demás que vi esa
misma década: la comedia, la tragedia disfrazada de comedia, y una despedida
que resultó ser el ensayo general de otra despedida real, tres días antes de
que ocurriera.
Yam Yam el Genio
—Hakushon Daimaō en su título original— es, durante cincuenta y un
episodios, una comedia de gags sin ninguna pretensión mayor: un genio torpe y
bonachón que sale de una botella cada vez que el niño Kan-chan estornuda,
arruinando con buena voluntad cualquier deseo que intenta conceder. Nada en esa
fórmula anuncia lo que ocurre en el episodio final. Al genio se le informa que
si Kan-chan vuelve a estornudar durante un eclipse lunar, regresará a la
botella por última vez, y quedará dormido en la superficie de la luna durante
cien años. La familia entera se organiza para impedirlo —esconden la botella,
le tapan la nariz al niño, se turnan para no dormirse durante el eclipse— en
una carrera contra un reloj cósmico (un sino) que, por supuesto, nadie puede
ganar del todo.
Lo viví dos veces. La primera, frente al
televisor, sin saber por qué ese final de dibujos animados me apretaba el pecho
de una manera que la trama, en sí, no explicaba del todo. La segunda, tres días
después, en carne propia.
No lo supimos ninguno de los dos hasta el final de
esa tarde. Los padres de Marcos llamaron a mi madre y le pidieron que me
llevara a su casa para que pasáramos la tarde juntos; solo a ella le explicaron
el motivo, que sería la última vez, y ella accedió. Nos llevó a mi hermano y a mi a la casa, en la San Vicente de Paul, hoy en ese edificio funciona una heladería, la vida tiene formas de endulzar las tristezas. Jugamos toda la tarde —eran los finales de julio, había esa luz especial del verano tropical vespertino que no se olvida—
y, mientras jugábamos, hablamos de Yan Yan, del genio, de su despedida, del
eclipse, sin saber que estábamos, los dos, actuando nuestra propia versión de
esa partida. Al final de la tarde mi madre volvió del trabajo a buscarme, y
ahí, todos juntos —los padres de Marcos, su hermano mayor— nos dijeron que esa
era la despedida real: el vuelo se había adelantado a la mañana siguiente. A
Marcos le dieron esa información. A mí me dieron la otra mitad: que era una
mudanza familiar, que a sus padres les había salido por fin la residencia
norteamericana. Lloramos como los niños que éramos. Nunca más supimos el uno
del otro.
No hubo villano en esa historia. No hubo ninguna
falta que castigar. Solo un trámite migratorio que se resolvió, un vuelo que se
adelantó, y dos niños que se enteraron de que el mundo podía separarlos sin
pedirles permiso —exactamente como el estornudo durante un eclipse que Kan-chan
no pudo evitar.
II
Cuando busco qué es lo que hace que el trabajo de
Sasagawa se sostenga en la memoria más allá de la nostalgia pura, encuentro
algo que no es una tesis filosófica sino un oficio, y sobre todo una ética:
nadie en el anime setentero construyó relaciones tan sólidas entre sus
personajes como él, ni juzgó con tanta consistencia a quienes las rompían.
Basta con mirar a los villanos de Time Bokan
(1975), a quienes en Latinoamérica conocimos como la banda de Ratavari.
Ratavari —con su pipa y su desdén aristocrático hacia el trabajo sucio que
delega en sus dos secuaces— es una heredera directa de esa mitología de espía
exótica de entreguerras que el cine estadounidense fijó en los años treinta: la
Mata Hari de Garbo, la vampiresa internacional de Dietrich en Dishonored,
más que cualquier referencia histórica precisa a la espía holandesa ejecutada
en 1917. Su científico, enamorado de ella sin ninguna esperanza de ser
correspondido, y el forzudo de pocas luces que completa el trío, no la
traicionan jamás en sesenta y un episodios, a pesar de que cada uno de esos
episodios termina, con una solitaria y temporal excepción, en una derrota
humillante.
Yo no aprendí eso de él conscientemente a los doce
años. Lo que aprendí, viendo el final de Yam Yam tres días antes de
despedirme de Marcos Valentín, fue algo más simple y más duro: que las
despedidas más difíciles no son las que uno ve venir. Son las que llegan
disfrazadas de una tarde cualquiera de verano, jugando, hablando de un djinn cómico
que también, sin saberlo, se estaba despidiendo de todos nosotros.
Post-Scriptum
Planeo continuar esta viaje a la memoria y a la
cultura pop nipona con un tipo de recuerdos diferentes, y con una autora bien
distinta: Keiko Nagita —su nombre real, aunque firmó Candy Candy bajo el
seudónimo Kyoko Mizuki—, la mujer detrás de aquella otra entrada de la lista
original que, como Demetán, hizo llorar a una generación entera de niños
dominicanos sin que supiéramos bien por qué.
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