La dimensión fractal: Brahms, Bach, y la rugosidad del mundo


 Enlace al resumen de una ponencia de Pedro Sotolongo

 La dimensión fractal: Brahms, Bach, y la rugosidad del mundo

Este artículo tiene su origen en una tarea académica  que escribí en el verano del 2012  como fin de modulo para la especialidad en Pensamiento y Ciencias de la Complejidad,  una clase coordinada por el profesor Pedro Sotolongo Codina, quien fue la persona que me puso en contacto con la complejidad como manera de entender el mundo. El trabajo recibió un sobresaliente, lo cual agradezco, aunque el mérito era más de Brahms y de Bach que mío.



En mayo de 1833, en Hamburgo, que llevaba ya muchos siglos siendo el principal puerto del mar del Norte, nació Johannes Brahms. Hijo de un contrabajista del Alster Pavillon, una orquesta modesta que se había hecho notoria por sus interpretaciones de Rossini y Mozart, las dos grandes fronteras de la música clásica europea de entonces. La pobreza era el aire que se respiraba en casa, y a los siete años el niño ya recibía sus primeras lecciones de un pianista que la historia recuerda con el título honesto de "maestro de pobres": Otto De Cossel.

A los diez años, Brahms acompañaba a su padre en bailes y cafés. Esa música ligera, festiva, llamada por el canto y la bebida a ser compañía de gozos, se convertiría en el sustrato conceptual de una pieza como Las danzas húngaras, aunque un suceso complejo llevaría al joven hacia otros estadios de la música. En 1847, De Cossel, con una sinceridad que merece admiración, reconoció que su alumno lo había superado, y gestionó para que el joven Brahms pasara a recibir clases de Eduard Marxsen, un maestro de otro nivel que le enseñó a admirar a Bach y a Beethoven, las dos cimas del teclado. A esas influencias se sumó el pastor Greffeken, de la iglesia de Sankt Michael, quien le instruyó en la lectura apasionada de la Biblia y en las prácticas del coral protestante.

                                                                           Brahms

De la coral protestante, el joven Brahms pasó a la gran polifonía. Un muchacho cuyas lecturas incluían a Sófocles, a Shakespeare, y a los cuentos de Hoffmann (hoy adoradas fantasías, entonces la lectura más moderna posible) tenía que producir música dinámica, entre las simas y las alturas de la cultura. Y en su búsqueda de esa polifonía, en palabras de Albert Einstein, "se quemó las pestañas tratando de ser complicado."

Si Albert Einstein sabía de música 

 

Sobre la polifonía, y por qué importa

La palabra viene del griego, "polyphonia": mucha voz. No es solo el empleo simultáneo de varios instrumentos que no ejecutan al unísono. Es también la reunión de varias melodías de la misma importancia, de modo que la unión de sus notas produce una combinación armónica de sonidos donde la suma de sus partes es mucho mayor que el todo escrito que le sirve de sustrato. La partitura es un pálido reflejo del proceso musical que emerge una vez que es interpretada.

Los cuatro grandes maestros de la polifonía son, para cualquier estudioso de la música clásica europea, de origen germano como el propio Brahms: Haendel, Bach, Beethoven y Mozart. El "Dies irae" del Réquiem inconcluso de Mozart, el "Aleluya" del oratorio "The Messiah" de Haendel, el tercer movimiento del cuarteto para cuerdas opus 132 de Beethoven, son ejemplos de una dinámica sonora de profundas conceptualizaciones musicales que es además una magistral muestra del emerger de la subjetividad humana. Y sobre todos ellos, como el río subterráneo del que brotan múltiples manantiales, está Johan Sebastián Bach.


Haendel


                                                                          Mozart


                                                                        Beethoven

Sobre polifonistas que quizás se escaparon de esta observación (Tenían que ser cuatro los mencionados, para los que saben entenderán por qué cuatro sin pensarlo mucho, y para quienes no saben el sendero del conocimiento tiene  cuatro guardianes de aspecto feroz, y comportamiento amable:  ora, Lege, relee, labora… ): el más notable que no aparece en el texto es Giovanni Pierluigi da Palestrina, el gran maestro renacentista de la polifonía vocal sacra, anterior a Bach y referencia obligada de cualquier discusión seria sobre el contrapunto. También Orlando di Lasso, contemporáneo de Palestrina. Y si quieren ser más decimonónicos, Anton Bruckner es otro polifonista de primera línea que comparte con Brahms tanto la época como la reverencia por Bach (Cuatro más por si  a alguno se le ha perdido la referencia)

Bach, o la rugosidad del mundo

A su muerte se decía de Bach que su música era un río subterráneo del que brotaban múltiples manantiales. Hacia el final de su prolífica existencia (se han llegado a catalogar más de mil piezas musicales de Bach, y con la excepción de dos o tres decenas, todas son complejas) Bach se dedicó a llevar el arte del contrapunto más lejos de lo que había llegado antes. Algunos creen que nadie lo ha llevado más lejos.

El problema de Bach es que su época no terminó de entenderlo. Un ex alumno suyo, S. Adolf Scheibe, publicó una severa crítica más de diez años antes de la muerte del compositor que hoy, leída desde el presente, parece un elogio involuntario. Cito su traducción al castellano:

"Este gran hombre constituiría la maravilla del mundo entero si tuviera un carácter más dócil; no sustrajera la naturalidad a sus composiciones con maneras ampulosas y confusas, y no ofuscara su belleza con excesivos artificios. Sus composiciones son de una ejecución demasiado difícil... las voces se enredan unas con otras y son elaboradas con tanta dificultad que no hay manera de distinguir cuál es la parte principal."

Scheibe se quejaba de casi todo por lo que Bach es hoy reverenciado. Lo que él llamaba confusión y artificio excesivo, nosotros lo llamamos complejidad. Y es aquí donde entra un concepto cuya comprensión me escapa debo confesar, aunque creo vislumbrarla en lontananza: la dimensión fractal.



 

La dimensión fractal, o cómo medir la rugosidad

En los años setenta del siglo pasado, el matemático Benoît Mandelbrot identificó algo que la geometría euclidiana clásica no sabía manejar: la irregularidad del mundo real. Las nubes no son esferas. Las costas no son líneas rectas. Los árboles no son cilindros. La naturaleza es rugosa, irregular, y esa rugosidad tiene una lógica propia que se repite a distintas escalas: lo que se llama autosimilaridad. Una rama de árbol se parece al árbol entero. Un tramo de costa se parece al continente completo. Esa propiedad de replicarse a sí misma a distintas escalas es la fractalidad.

Y aquí viene la pregunta que me ocupó en su momento y que sigo sin responder del todo: ¿qué tiene que ver la dimensión fractal con la música de cuatro teutones muertos hace ya mucho tiempo?

Según Carlos Reynoso, estudioso de la ciencia de la complejidad y la música, la configuración de los elementos de la música de diversas culturas tiene una pauta fractal, representada por la fórmula 1/f.  (La explicación de esa fórmula  escapa al alcance de este artículo) En términos más sencillos: la buena música no es aleatoria ni indefinida. Tiene una rugosidad específica, una complejidad que se itera, que se replica a distintas escalas, que llena el espacio sin saturarlo. Y esa rugosidad es mayor en Bach que en casi cualquier otro compositor que haya existido, lo cual explica tanto su grandeza como la queja de Scheibe: lo que el crítico llamaba "voces que se enredan" era, sin saberlo, alta dimensión fractal.



Yo enseño geometría euclidiana a jovencitos, y lo hago con gusto. Pero cada vez que pongo a Bach de fondo mientras preparo una clase de ángulos y rectas paralelas, pienso que hay algo en ese sonido que la geometría que enseño no alcanza a explicar. Algo que tiene que ver con la irregularidad, con la rugosidad, con la misma propiedad que hace que una costa vista desde un satélite se parezca a la misma costa vista desde la orilla.



 La sustancia de la música

La adoración es la sustancia de la música. El sentir que somos más de lo que somos, que las diferencias se difuminan al cantar, que el tiempo y el espacio pierden sus contornos mientras se escucha. A través de la historia humana, y de su prehistoria, eso es lo que ha seguido motivando a combinar los sonidos en el tiempo.

¿Qué afirmación mayor de importancia nos damos que aquella con la que decimos creer que nuestro canto llega al cielo? La voz de los trovadores venezolanos lo decía con más sencillez que cualquier teoría:

Si mi voz tiene poder de alegrar un corazón, iré cantando desde el comienzo hasta el final.



La dimensión fractal de la música es notable, y la fractalidad tiene como característica principal la intención de llenar el vacío y de iterar, replicándose a sí misma, hasta el infinito y más allá. Quizás eso es lo que Bach entendió mejor que nadie, y lo que Scheibe no pudo ver: que la música que llena el espacio sin explicarse es, precisamente por eso, la que dura.

Tal vez la lección más interesante (para mí que ahora en tiempos de vacaciones escolares no tengo que revisar ángulos ligeramente menos obtusos que su indicación ni triángulos equiláteros con lados desiguales) de la dimensión fractal no pertenezca a las matemáticas sino a nuestra manera de mirar. Durante siglos intentamos describir el mundo mediante líneas rectas, figuras perfectas y simetrías impecables. Sabiendo en nuestro fuero interno que las costas, las montañas, las ramas de un árbol y las grandes fugas de Bach compartían otra lógica: la de una belleza que nace precisamente de su irregularidad no caótica. Quizás por eso seguimos regresando a Bach no solo para cantarle cumpleaños, sino porque se parece más al mundo de lo que su propia época alcanzó a comprender.


                                           Bach

 

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