Sobre las adaptaciones literarias al cine el caso dominicano al verano del 2026
Se menciona, para algunos hasta la saciedad, que
el cine surgió como un invento de feria allá por las postrimerías decimonónicas
—28 de diciembre de 1895, París— en una de esas fechas que la historia repite
hasta convertirla en mito fundacional. Es una forma elegante de romantizar un
producto que tuvo varios progenitores y padres putativos en distintas zonas
metropolitanas durante los buenos momentos de la revolución industrial. El
curioso emprendedor de las mil y una bombillas, T. A. Edison, fundó un estudio
de realización audiovisual; el mismo Edison que vendía lámparas y cables
también vendía fonógrafos, sus cortometrajes mudos ya
convivían con los fonógrafos que vendía la futura General electric, un primer y
todavía imperfecto matrimonio entre imagen y sonido. Para más inri de su
leyenda, intentó sin éxito impedir la distribución en los Estados Unidos de
principios del siglo XX de los proyectos franceses.
La pregunta incómoda
¿Tendrá que esperar el cine caribeño cuarenta años
para entender que el camino hacia una industria saludable, sostenible y exitosa
descansa en la adaptación de su propia literatura? Al menos en República
Dominicana, todavía no han pasado cuatro décadas desde el inicio de los
primeros intentos serios de construir una industria cinematográfica, con Pasaje
de ida (Agliberto Meléndez, 1988) como punto de partida oficial. Estamos a
tiempo de copiar a nuestros ilustres predecesores. Estamos a tiempo de empezar
a ser más originales en nuestras copias.
El problema no es la ausencia de materia prima. La
literatura dominicana del siglo XX y de lo que va del XXI tiene obras que
esperan la pantalla con una paciencia que bordea la resignación. Lo que sigue
es una lista personal, subjetiva y defendible de novelas dominicanas que
merecerían la atención de algún productor con criterio y valentía.
Siete obras que esperan su pantalla
Over
Ramón Marrero Aristy, 1939
Hay novelas que cargan el peso de la historia dentro
y fuera de sus páginas. Over describe las injusticias que sufrían los
trabajadores en los bateyes azucareros dominicanos a través de Daniel Compres,
un joven que intenta sobrevivir en un sistema diseñado para triturarlo. Marrero
Aristy la publicó en 1939 y la novela ganó relevancia inmediata. Trujillo, que
ya tenía sus propias ambiciones sobre la industria azucarera, la usó como
herramienta política para atacar a los ingenios extranjeros. Veinte años
después, en 1959, mandó asesinar a su propio autor. Pocas novelas dominicanas
tienen una historia externa tan cinematográfica como la interna: el relato de
cómo una obra literaria se convirtió en arma y acabó matando a quien la
escribió es, por sí solo, material para una película.
El
oro y la paz
Juan Bosch, 1975
Juan Bosch es el escritor dominicano más leído de
la historia, el maestro indiscutible del cuento en República Dominicana, expresidente
derrocado, exiliado y figura fundacional de las letras nacionales. Que muy
pocas de sus obras hayan sido adaptada al cine dominicano con la seriedad que
merece es, en sí mismo, un diagnóstico sobre el estado de nuestra industria
cinematográfica. El oro y la paz fue escrita en 1964, dos años después de su
derrocamiento, en el exilio y en el silencio, y permaneció inédita once años,
hasta 1975. Es una novela ambientada en la selva amazónica de Bolivia donde
Pedro Yasic busca oro con una obsesión que va consumiéndolo lentamente,
mientras a su alrededor otros personajes buscan algo distinto: la paz que
perdieron en la lucha por la vida. Bosch ganó con ella el Premio Nacional de
Literatura Manuel de Jesús Galván. Lo que la novela esconde, y que cualquier
cineasta atento debería ver, es que un hombre que acaba de perder el poder y
decide escribir sobre la codicia y sus consecuencias está hablando,
inevitablemente, de algo más que una mina de oro en Bolivia.
Roberto Marcallé Abreu, 1998
Marcallé Abreu es considerado el mayor exponente de
la novela noir en República Dominicana, reconocido incluso por Babelio en su
mapa mundial del género como el representante dominicano de la narrativa negra.
Premio Nacional de Literatura 2015, con más de treinta títulos publicados y una
novela —Las calles enemigas—
distribuida por Penguin Random House en varios países, Marcallé es quizás el
escritor dominicano contemporáneo con mayor potencial cinematográfico
inmediato. Las siempre insólitas cartas
del destino ganó el primer premio de novela en el Concurso Anual de
Literatura en 1999 y tiene la densidad narrativa, los personajes moralmente
ambiguos y la atmósfera urbana que el noir cinematográfico exige. Que nadie
haya adaptado su obra todavía es uno de los misterios menores pero genuinos de
la cultura dominicana.
Princesa
de Capotillo
Luis R. Santos, 2009
Yojaira, la princesa del título, vive en el barrio
Capotillo de Santo Domingo. Un jefe de pandilla obsesionado con ella, un
secuestro el día de su boda, la jerga de los barrios capitalinos, el Metro de
Santo Domingo como icono de modernidad contrastando con una carreta de naranjas
en la avenida Lincoln. Un crítico describió la prosa de Santos como "cuasi
cinematográfica", lo cual no es un elogio menor: significa que la novela
ya piensa en imágenes. Santos ganó premios en concursos de Casa de Teatro y el
Banco Central, y su cuento "Tienes que matar al perro" ya fue llevado
al cine y a la televisión. La infraestructura narrativa está probada; solo
falta el productor.
Hyden Carrión, 2017
El título proviene de Terencio —homo sum, humani
nihil a me alienum puto— y esa elección ya dice algo sobre las ambiciones de la
obra. Orlando, el personaje principal, da nombre a una novela que ganó el Premio
Funglode de Novela Federico García Godoy, uno de los reconocimientos literarios
más importantes del país, lo cual no es un detalle menor: significa que la obra
ya pasó el filtro de lectores exigentes. Una novela con esa declaración de
principios incrustada en el título promete un recorrido por la condición humana
sin concesiones sentimentales, y Carrión cumple. Es una de las propuestas más
exigentes de la narrativa dominicana reciente, y precisamente por eso
representaría un desafío interesante para cualquier cineasta que quiera hacer
algo distinto a la comedia costumbrista que domina la taquilla nacional.
País imposible
Roxanna Marte, 2023
La ópera prima de Roxanna Marte narra el difícil
camino de Carmen Segura, una mujer del barrio Los Mina Viejo que creció bajo el
ideal y el amor de los años de la Revolución de Abril de 1965 y que sueña con
una realidad mejor para su país a cualquier precio, aunque en ese camino tenga
que sacrificarse y hacerse daño. Es una novela sobre la frustración política
convertida en destino personal, sobre la impotencia y la resistencia en un
contexto hostil del que sus personajes no pueden escapar solos. En un momento
en que el cine latinoamericano busca narrativas de mujeres complejas ancladas
en historias nacionales específicas, País imposible ofrece exactamente eso, con
la ventaja adicional de que ocurre en un barrio de Santo Domingo que pocas
pantallas han explorado.
Juan
de los Palotes
Freddy Beras Goico, 1993
Aquí está la elección que nadie espera, y que por
eso mismo es la más interesante de esta lista. Freddy Beras Goico fue durante
casi cincuenta años el hombre más querido del humor dominicano, el conductor de
El Gordo de la Semana, el filántropo, el rostro amable de la televisión
nacional. Lo que pocos recuerdan es que en su juventud su familia huyó de
Trujillo, que fue arrestado y torturado por actividades subversivas contra el
régimen, y que en 1993 publicó una novela de 344 páginas ambientada en barrios
dominicanos con prisiones, policía corrupta, crimen y una violencia cotidiana
que no tiene nada que ver con el personaje público que todos conocían. Juan de
los Palotes es la obra secreta de un hombre público, y la distancia entre los
dos es, en sí misma, una historia cinematográfica.
Una conclusión provisional
Méliès entendió algo que los puristas de su época
no quisieron ver: que la originalidad no es la ausencia de fuentes, sino la
capacidad de transformar lo que existe en algo que no existía antes. Los
grandes estudios de Hollywood construyeron su hegemonía sobre los hombros de
Dickens, Fitzgerald, Hemingway y Chandler. El neorrealismo italiano dialogó con
Verga y Moravia. El cine del Nuevo Hollywood de los setenta era imposible sin
la novela negra norteamericana.
La literatura dominicana tiene, desde Marrero
Aristy hasta Roxanna Marte, una riqueza narrativa que el cine nacional todavía
no ha sabido —o no ha querido— aprovechar. Las obras están ahí. Los personajes
están ahí. La historia, la violencia, el amor, la desigualdad, los barrios, los
bateyes, las conspiraciones y los fantasmas están ahí.
Esta lista se detiene en siete no por capricho
numérico sino por honestidad: hay otras novelas dominicanas que probablemente
merecen estar aquí, pero no puedo recomendar con convicción lo que no he leído,
o lo que debo releer. Esa es la única
regla que me impuse al escribir estas líneas.
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