La Flauta en el estanque
La Flauta en el estanque
Intro oficial del anime
Hay cosas que uno no sabe que lleva encima hasta
que alguien las nombra. Durante años cargué con la memoria de unos muñequitos
(un anime) sobre batracios y otros anfibios que me perturbaba profundamente de
niño, sin poder explicar bien por qué. No era el miedo ordinario a los
monstruos o las peleas. Era otra cosa: una sensación de que el mundo que
mostraba esa serie era como el mundo de verdad, y que solo yo parecía haberse
dado cuenta.
Ese anime era La
ranita Demetán, producida por Tatsunoko Production en 1973. ( bajo la guia
creativa de Hiroshi Sasagawa, Seitarô Hara y Tatsuo Yoshida) A primera vista,
el argumento suena perfectamente inocente: una ranita pobre se enamora de la
hija del señor del estanque Arcoíris y lucha por conquistarla a pesar de las
diferencias de clase. Lo que la descripción no dice es que el estanque Arcoíris
es un lugar gobernado por el miedo, la depredación y la humillación permanente,
y que la serie dedica treinta y nueve episodios (Aunque esa no fue la cantidad
que pudimos ver en Santo Domingo en la década de los noventa) a explorar esa
condición sin ninguna intención de resolverla del todo satisfactoriamente.
Enlace a la pagina oficial de Tatsunoko
Lo primero que debo destacar es que su
introducción musical es de una cercanía y una profundidad que avergonzarían a muchas de las intro posteriores.
Intro oficial en Japonés subtitulado al españól
Tenía quizás doce o
trece años cuando sintonizaba la serie por televisión, y más que hacerme pasar el
rato entre tareas, y descanso lo que me dejaba era una serie de preguntas que
no sabía formular. No eran preguntas sobre la trama. Eran preguntas sobre el
mundo (cuestionamientos ontológicos adolescentes): ¿Por qué estamos aquí?
¿Quién diseñó esto? ¿Por qué la vida está organizada de esta manera y no de
otra? Preguntas que no tenía aun el vocabulario para nombrar.
Intenté hablar del
asunto con un vecino mayor que yo, buen amigo, amable y servicial, que tenía
además la virtud de prestarme libros. Fue él quien puso en mis manos los
primeros textos sobre esoterismo que leí en mi vida. Su padre pertenecía a una
de esas fraternidades que en los años noventa todavía guardaban celosamente sus
secretos, y algo de esa atmósfera de conocimiento velado había impregnado
también su biblioteca. Sin esos libros prestados, es posible que las preguntas
que Demetán despertó en mí hubieran tardado mucho más en encontrar un lenguaje
donde instalarse.
Lo que me propongo aquí no es descubrir que los
guionistas de Tatsunoko eran gnósticos secretos que codificaban mensajes
herméticos en un programa infantil. Eso sería pintoresco pero falso. Lo que me
interesa es algo más modesto y, creo, más verdadero: que ciertos imaginarios
espirituales de la tradición esotérica occidental como el gnosticismo, la
alquimia, el neoplatonismo, desarrollaron respuestas simbólicas a un problema
humano muy antiguo, y que aunque La
ranita Demetán responde al mismo problema desde una sensibilidad
completamente distinta, llegó a soluciones sorprendentemente parecidas.
I.
El anime de los setenta y la melancolía existencial
El anime infantil (Los muñequitos japoneses) de los años setenta
tenía una relación con el sufrimiento que hoy resultaría probablemente
inaceptable en la programación para niños. Series como Heidi (1974), Marco (1976), Remi (1977) o Candy Candy (1976) construían relatos atravesados por la
separación, la pobreza, la enfermedad y la pérdida afectiva sin demasiada
esperanza de redención inmediata. El llanto no era un paréntesis en sus relatos:
era su atmósfera.
Hay quienes explican eso como un reflejo del Japón
de posguerra: la memoria del trauma, la ansiedad de la reconstrucción
acelerada, la transformación radical de una sociedad entera en el espacio de
una generación. Puede ser. Pero no para nosotros que teníamos que sufrirlos
vespertinamente. Y de esos que menciono, éxitos de audiencia en la televisión
dominicana, Demetán lleva esa sensibilidad más lejos que cualquiera de sus
contemporáneas, porque no se limita a mostrar personajes que sufren dentro de
un mundo que, en el fondo, es justo. El mundo entero, en esta serie, es la
fuente del sufrimiento. La naturaleza no protege ni redime. La violencia no es
una excepción sino una ley.
En español el material sobre este tema es supersticioso
II. El estanque como cosmos caído
En 1945, un campesino egipcio encontró cerca de
Nag Hammadi un conjunto de manuscritos coptos que llevaban enterrados desde el
siglo IV. Lo que contenían esos textos era, entre otras cosas, una visión del
universo radicalmente diferente a la del cristianismo oficial: el cosmos no es
la obra de una deidad superior y bondadosa sino la creación defectuosa de una
entidad inferior llamada el Demiurgo, que administra el mundo mediante el miedo
y la ignorancia con ayuda de sus servidores, los arcontes. Textos como La hipóstasis de los arcontes, y el evangelio apócrifo de Juan proponen
la doctrina secreta de que El universo material no es un jardín caído; es una
prisión diseñada para parecerse a un jardín.
La
ranita Demetán hace uso de una lógica similar hasta en sus consecuencias más
inquietantes: En el estanque Arcoíris podríamos aventurarnos a
decir que los arcontes tienen rostro concreto, y ese rostro es humano. (Véase
el Episodio 19 El túnel bajo la carretera)
Los seres humanos aparecen en la serie como figuras externas al ecosistema,
ajenas a sus leyes internas, que irrumpen con una capacidad de destrucción que
ningún depredador natural del estanque podría igualar. Pero hay algo más: en
toda la serie, los humanos jamás muestran su cara de frente. Siempre dan la
espalda a Demetán y sus compañeros anfibios, siempre se retiran sin voltearse,
siempre actúan desde una opacidad que parece constitutiva. Esa rareza se
incrustó en mi curiosidad infantil, hoy se me hace difícil imaginar una
representación más fiel de la función arcontica: poderes que dominan el mundo
sin revelar su verdadera naturaleza, presencias que se sienten pero no se
comprenden, fuerzas que sostienen el sufrimiento no por malicia deliberada sino
simplemente por lo que son, algo que nunca terminan de mostrarnos.
El estanque de Demetán tiene una arquitectura
simbólica extraordinariamente parecida. Los débiles son humillados
sistemáticamente. La depredación organiza todas las relaciones. El miedo es el
combustible de la vida social. Y lo más inquietante: el mundo es
simultáneamente bello y cruel, de una manera que parece deliberada, como si la
belleza fuera parte del mecanismo de la trampa.
Nadie diseñó conscientemente (a veces he dudado)
esos paralelismos. Pero ambas visiones —la gnóstica, y la de Tatsunoko— parten de
la misma intuición perturbadora: que el mundo visible, tal como está
organizado, no puede ser el mundo final.
III.
Demetán y la experiencia iniciática
En casi todas las tradiciones esotéricas
occidentales, el iniciado no empieza desde la cumbre. Empieza desde la
carencia, el exilio o la humillación. El conocimiento profundo no es un
privilegio que se hereda: es algo que emerge, paradójicamente, del sufrimiento
y de la conciencia de vulnerabilidad.
Demetán es pobre. No tiene poder. Es objeto
constante de burlas y exclusión. Su familia ocupa el escalón más bajo de la
jerarquía del estanque. Y sin embargo —o precisamente por eso— es el único
personaje de la serie capaz de una compasión genuina, de una percepción del
mundo que trasciende la mera supervivencia. La estructura narrativa de su
personaje reproduce casi exactamente la lógica del iniciado esotérico: la caída
como condición de la iluminación, la humillación como umbral del conocimiento.
IV.
Nigredo: alquimia del sufrimiento
Carl Gustav Jung dedicó buena parte de su vida
adulta a interpretar los textos alquímicos medievales no como manuales de
química primitiva, sino como proyecciones del proceso psíquico. En Psychology and Alchemy (1944) y en Mysterium Coniunctionis (1955), Jung
desarrolló la idea de que las etapas del proceso alquímico describían, en
realidad, las fases de una transformación interior. La primera de esas etapas
se llama nigredo: el ennegrecimiento, la putrefacción, la confrontación con el
caos y la sombra.
El universo de La
ranita Demetán funciona simbólicamente como una nigredo permanente. No hay
episodio que no esté atravesado por el miedo, la amenaza o la precariedad. Pero
lo que la serie muestra, con una consistencia casi obstinada, es que
precisamente dentro de esa oscuridad emerge la conciencia moral. Demetán no se
vuelve más compasivo a pesar del sufrimiento. Se vuelve más compasivo a través
de él. La transformación no ocurre cuando la oscuridad cede, sino mientras
dura.
El pez gato es una especie de bagre
V.
El pez gato y la estructura arcontica
Uno de los elementos más inquietantes de la serie
es el pez gato. La criatura nunca necesita aparecer directamente para ejercer
su influencia: domina el ecosistema mediante la amenaza, regula el miedo
colectivo, limita la libertad de todos los habitantes del estanque con su sola
existencia. Los personajes toman decisiones en función de él aunque no esté
presente.
Desde una lectura comparativa con la cosmología
gnóstica, el pez gato cumple exactamente la función de un arconte: no tanto un
tirano visible como una estructura de opresión que se ha vuelto parte del
paisaje, tan integrada en la vida cotidiana que ya nadie la cuestiona. No
porque sea invencible, sino porque el terror que genera ha sido interiorizado.
Pero en la serie el pez gato termina siendo más, y merece más atención de la que generalmente se le da. Al principio es
apenas una leyenda: la historia que los adultos cuentan para asustar a los
renacuajos, el nombre que se susurra para mantener el orden. Una amenaza
abstracta, casi mítica.
Pero la primera vez que
el pez gato aparece en la serie, hace algo que nadie esperaba: ayuda a Demetán
y a Ranatán a escapar de unos tritones que los persiguen para devorarlos. Es un
acto de salvación inexplicable, completamente incompatible con la leyenda del
monstruo. A partir de ese encuentro, Demetán y Ranatán se convierten en una
especie de predicadores de esa deidad bondadosa y misteriosa que habita el
fondo del estanque, recibiendo las burlas previsibles de quienes prefieren la
versión aterradora porque les resulta más útil para mantener las jerarquías del
lugar.
Lo que sigue es uno de
los arcos narrativos más perturbadores del anime de los setenta. Descubrimos
que los que se burlaban tenían razón, pero no del todo: el pez gato es
efectivamente una amenaza, una presencia oscura que domina las profundidades.
Solo que Demetán, para entonces, ya es demasiado fuerte para dejarse vencer por
el miedo, y se enfrenta al dios oscuro del fondo del pantano.
Desde una lectura
comparativa con la tradición gnóstica, el pez gato no funciona simplemente como
un arconte. Su ambigüedad lo acerca más al Demiurgo mismo: esa figura que en
algunas corrientes gnósticas no es puramente malévola sino constitucionalmente
opaca, capaz de actos que parecen bondadosos pero que en el fondo sostienen el
mismo sistema de opresión. Una deidad que salva y amenaza con la misma
indiferencia, porque su bondad y su crueldad son igualmente ajenas a cualquier
lógica moral que los habitantes del estanque puedan comprender. El rostro que
no se muestra, la naturaleza que no se revela del todo.
Y el arco completo de Demetán con respecto al
pez gato —de renacuajo aterrorizado a predicador ingenuo de un dios bondadoso,
y finalmente a quien se enfrenta al dios oscuro sin doblegarse— es un arco
iniciático en el sentido más preciso del término: el camino desde la ignorancia
y el miedo hacia una forma de conocimiento que no redime el mundo pero sí
transforma irreversiblemente a quien lo recorre. En el vocabulario alquímico,
ese camino tiene un nombre: nigredo. No la oscuridad como castigo, sino la
oscuridad como umbral. Demetán no sale del fondo del pantano. Sale de sí mismo.
VI.
La flauta: música, pneuma y resistencia interior
A lo largo de toda la serie, Demetán toca la
flauta. Lo hace en los momentos de contemplación y de tristeza, cuando está
solo y cuando está con Ranatán, cuando el estanque parece a punto de devorarlo
y cuando encuentra un instante de respiro. La flauta es el motivo visual y
sonoro más persistente de la serie, y me parece también el más cargado de
significado.
En griego, pneuma significa simultáneamente respiración,
viento y espíritu. La flauta transforma el aliento interior en sonido:
convierte la interioridad en expresión sensible. En múltiples corrientes
neoplatónicas, la música no es simplemente entretenimiento sino memoria de un
orden invisible, armonía que el cosmos visible ha perdido pero que puede ser
evocada momentáneamente por quien sabe escuchar.
Cuando Demetán toca, la violencia del estanque se
suspende. No desaparece: se suspende. La música crea un espacio interior que la
brutalidad del mundo no puede colonizar completamente. Y eso es, en el
vocabulario de varias tradiciones esotéricas, la definición misma de la
resistencia espiritual: no la victoria sobre el mal, sino la preservación de
algo que el mal no puede tocar.
VII.
Ranatán y la trascendencia afectiva
La relación entre Demetán y Ranatán (Adelina en el
doblaje a al español realizado en Miami) introduce una posibilidad que el
universo opresivo de la serie no debería permitir: la de que el amor funcione
como una forma de trascendencia. En un mundo donde todo está organizado en
función del miedo y la jerarquía, el afecto entre los dos protagonistas
sostiene una lógica completamente distinta.
Ranatán representa la ternura y la belleza, pero
también algo más preciso: la posibilidad de que exista sentido dentro de un
mundo degradado por la violencia y la desigualdad. En numerosas tradiciones
esotéricas, el amor no es una emoción entre otras sino una vía de acceso a una
realidad más alta. Demetán no alcanza ninguna revelación mística. Pero en su amor
por Ranatán hay algo que se parece mucho a eso: la intuición de que el mundo
podría ser de otra manera.
VIII.
Los creadores y la sensibilidad metafísica del anime setentero
Vale la pena detenerse un momento en quiénes hicieron esta serie, porque ayuda a entender por qué tiene la densidad emocional que tiene. La dirección estuvo a cargo de Hiroshi Sasagawa, quien había trabajado en Speed Racer y Casshern, además de; y eso merece otro artículo; La Máquina del tiempo (Para mí la mejor pieza del inmenso Capitán Memo)
pero Demetán tiene un tono
particularmente vulnerable dentro de su filmografía. El guion principal fue
escrito por Jinzō Toriumi, quien construyó una narrativa donde el amor, la
desigualdad y la supervivencia forman una auténtica tragedia ecológica y
existencial.
Pero el nombre que más me interesa mencionar es el
de Yoshitaka Amano, quien participó en los diseños de la serie antes de
alcanzar la fama mundial por su trabajo en Final
Fantasy (1987) y por su colaboración con Mamoru Oshii en Angel's Egg (1985). Incluso en esta
etapa temprana, el trabajo de Amano muestra figuras delicadas, paisajes
oníricos y una sensibilidad visual que conecta con el simbolismo europeo, el
romanticismo oscuro y el decadentismo. No es una influencia que se pueda
demostrar con un documento como este, pero se siente.
La música fue compuesta por Nobuyoshi Koshibe, y
su trabajo es fundamental para la dimensión espiritual de la serie. Koshibe
evita el triunfalismo que domina gran parte de la música de anime de la época:
privilegia melodías melancólicas, convierte la flauta de Demetán en un motivo
recurrente de interioridad, y produce una sensación constante de nostalgia y
contemplación. La banda sonora no acompaña la acción: construye emocionalmente
la percepción de un mundo frágil, transitorio e incierto.
Ninguno de estos creadores era probablemente un
estudioso del esoterismo occidental. (Ni falta que les hacía los vínculos
templarios entre tradiciones secretas atraviesan centurias y cordilleras) Pero
todos compartían una sensibilidad profundamente atenta a la melancolía, la
fragilidad y la belleza trágica. Y eso es suficiente para generar las
resonancias que me interesa explorar aquí.
Conclusión
Bajo la apariencia de una serie infantil sobre
ranas antropomórficas, La ranita Demetán construye uno de los universos más
sombríos y espiritualmente complejos del anime televisivo de los años setenta:
un mundo donde la naturaleza se convierte en prisión metafísica, el sufrimiento
es la condición del conocimiento y la música emerge como la última forma
posible de resistencia interior.
Las resonancias con el gnosticismo, la alquimia
espiritual y la tradición esotérica occidental no deben entenderse como
influencia doctrinal. Son algo más interesante: una convergencia simbólica
entre culturas distintas que intentaron responder a una misma intuición
antigua. Que el mundo visible puede ser profundamente bello y profundamente
cruel al mismo tiempo. Que esa combinación no es accidental. Y que frente a
ella, la única respuesta posible no es la victoria sino la preservación amorosa
de algo interior que la violencia del universo no logra alcanzar del todo.
Quizá la verdadera razón por la que Demetán permanece en la memoria de quienes la vieron de niños no sea únicamente su tristeza, sino el hecho de que intuía algo que muchos descubrirían mucho después: que el mundo podía ser hermoso y cruel simultáneamente, y que la sensibilidad —como la pequeña flauta de Demetán— quizá no pudiera derrotar la violencia del universo, pero sí impedir que el alma terminara de endurecerse.
Epílogo — junio de 2026
Mientras termino de
escribir estas páginas, me entero de que Yoshitaka Amano, quien diseñó los
personajes de Demetán hace más de cincuenta años siendo apenas un joven de
veinte, será invitado especial del Anime Expo de Los Ángeles este julio. Tiene
74 años y sigue trabajando.
Hiroshi Sasagawa, el
director de la serie, tiene 89 y continúa vinculado a Tatsunoko. Jinzō Toriumi,
el guionista que construyó ese universo de tragedia ecológica y existencial,
murió en enero de 2008. A los difuntos
es imposible interpelar. Pero Amano está ahí, disponible, accesible por unas
horas en una sala de convenciones de California.
Si alguien lee este
artículo antes de julio y tiene la suerte de estar en esa sala, me gustaría
pedirle un favor: pregúntele a Amano si, cuando diseñaba aquellas ranas
delicadas y aquellos pantanos oníricos, alguien en el equipo hablaba de
gnosticismo, de alquimia, de textos esotéricos. Pregúntele si los humanos que
nunca muestran el rostro fueron una decisión deliberada o una intuición.
Pregúntele qué sabía, a los veinte años, sobre el fondo oscuro del estanque.
Es probable que sonría
y diga que solo dibujaba lo que le pedían. Pero también es posible (Me gusta
soñar) que recuerde algo que nadie más que mi amigo misterioso, y yo haya
pensado en preguntar.
Juan José Namnún
Tavárez primavera del 2026 en Santo Domingo Este.
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