Del pergamino al muro, segundo capítulo El libro de Ester y la Presencia omisa
El libro de Ester y la Presencia omisa
Del pergamino al muro, capítulo dos
En Génesis 7:11 leemos que el diluvio comenzó
"el día diecisiete del mes segundo". Los eruditos ni siquiera se
ponen de acuerdo sobre cuándo caía ese mes: para algunos, calculando desde el
año civil que empezaba en otoño, sería noviembre; para otros, calculando desde
el año sagrado que instituiría Moisés en Nisán, sería plena primavera, abril o
mayo. Ya en el primer capítulo de esta serie advertíamos que la división en
capítulos de la Escritura es un invento medieval de Esteban Langton, ajeno al
texto original. Aquí encontramos otra capa de organización humana, el
calendario mismo, y el propio calendario resulta menos
estable de lo que solemos imaginar.
Mi hermano Nasry, mi madre Carmen, y yo. (1989)
A mí me
tocó nacer un diecisiete de febrero. Y este año, dos grupos pequeños de estudio
bíblico distintos, sin ponernos de acuerdo, empezaron a leer juntos el libro de
Ester casi exactamente el día de mi cumpleaños. El estudio que seguimos lo
prepara semanalmente nuestro pastor, quien lo entrega con semanas de antelación
a quienes facilitamos los grupos, para que cada uno pueda organizarse a su
manera; el contenido es el mismo, pero la mesa, literal y figuradamente, la
pone cada anfitrión. El Grupo Ancla Zona Oriental empezó el lunes dieciséis, en
la azotea de un edificio de cuatro plantas, en el hogar de la familia Cáceres,
Carlos y Elba, que organizaron el primero de once pequeños banquetes con los
que recibimos el libro. El grupo que se reúne en mi propia casa empezó el
martes diecisiete, mi cumpleaños, con mi madre Carmen como anfitriona de
nuestros propios banquetes.
No escogí la coincidencia. El libro de Ester
tampoco la disimula: está construido, de principio a fin, alrededor de
banquetes y ayunos. El banquete de Asuero que abre la historia, el banquete
donde cae Vasti, el banquete privado donde Ester se revela, el ayuno de tres
días que ella pide antes de arriesgar su vida. Que comiéramos juntos, el Grupo
Ancla Zona Oriental y el Grupo Ancla Alma Rosa, separados por diez kilómetros
de terreno llano, mientras empezábamos a leer un libro sobre comer juntos, no
es algo que yo hubiera podido inventar. Si lo hubiera hecho, nadie me lo habría
creído: la azotea del Grupo Ancla Zona Oriental mide, según mis cálculos, unos
cincuenta codos sobre el nivel del parque que la protege del ruido de la
autopista. El Grupo Ancla Alma Rosa, en mi propia casa, descansa a media altura
de una colina de cien codos. Cualquier lector de Ester reconocerá esa cifra:
cincuenta codos es, exactamente, la altura de la horca que Amán construyó para
Mardoqueo, y en la que terminó colgado él mismo.
No sé qué hacer con ese dato salvo dejarlo aquí,
de la misma manera en que el libro de Ester deja sus propias coincidencias sin
explicarlas.
Lo que más me ha impactado al releer el libro este
año no es el heroísmo de Ester, que es real, sino la ceguera de Asuero. El rey
ama a Ester, la prefiere sobre todas las demás, la corona reina. Y sin embargo
no sabe nada de ella. No sabe que es huérfana. No sabe que es judía. La conoce
íntimamente y la desconoce por completo, hasta que ella misma decide
revelárselo, en el momento de mayor riesgo, frente al hombre que ya ha firmado
el decreto para exterminar a su pueblo. Sospecho que buena parte de la furia de
Asuero contra Amán, cuando finalmente entiende lo que ha hecho, no es solo
indignación moral. Es la furia de quien descubre, de la peor manera posible,
cuánto desconocía de la persona que más amaba.
Esa es, me parece, la verdadera tensión del libro:
la distancia entre lo que mostramos y lo que somos. Hace quince años, en
aquella conferencia que abre esta serie, yo mismo preguntaba qué tanto podemos
ocultar de nosotros en un muro de Facebook, cuántos versículos podemos poner
sin que nuestros amigos impíos se burlen. Ester vivió esa pregunta en términos
de vida o muerte, siglos antes de que existiera ningún muro digital donde
construir un personaje. Su ocultamiento, instruido por Mardoqueo, no era
vanidad ni cobardía: era supervivencia. Pero llegó un momento en que la máscara
tuvo que caer, y el libro entero gira alrededor de ese instante.
Y sin embargo, en todo el libro, Dios no aparece
nombrado ni una sola vez.
Es el único libro del canon hebreo del que puede
decirse esto. El nombre del rey de Persia aparece ciento noventa veces. El
nombre del Dios de Israel, ninguna.
Confieso que al escribir esa cifra dudé de ella. La
cifra parece inverosímil. Yo mismo la comprobé varias veces antes de creerla.
Ciento noventa parece un número demasiado redondo, demasiado conveniente para
el contraste retórico que estoy construyendo. Pero la verifiqué, y se sostiene:
en el texto hebreo de Ester, el rey de Persia, ya sea por su nombre, Asuero, o
por su título, "el rey", aparece nombrado ciento noventa veces a lo
largo de apenas diez capítulos. Es, probablemente, el personaje más nombrado de
cualquier libro bíblico de esa extensión. (Una pequeña precisión, el texto masorético
menciona a Asuero Ahasuerus veintinueve
veces, la mayoría de las veces se le dice “el rey" ha-melek )Y
frente a esa abrumadora insistencia textual en la persona del monarca persa, el
nombre del Dios de Israel no aparece ni una sola vez.
Las ciento veintisiete provincias del imperio Aqueménida
No lo escribo para impresionar con la estadística,
sino porque la desproporción misma es el argumento. Un escriba antiguo,
copiando con cuidado cada repetición del nombre de Asuero, tuvo que callar,
ciento noventa veces, el nombre que más le importaba. Eso no es descuido. Es
disciplina narrativa, o quizás algo más parecido a la fe: la convicción de que
la ausencia, bien sostenida, dice más que la mención.
Esa ausencia no pasó inadvertida en la antigüedad:
es, de hecho, la razón principal por la que el libro tuvo serias dificultades
para entrar al canon. Entre los manuscritos del Mar Muerto, descubiertos en
Qumrán a partir de 1947, se han hallado fragmentos de prácticamente todos los
libros del Antiguo Testamento. De todos, menos uno. Ester es el único libro
hebreo del que Qumrán no guarda ni un solo fragmento. Los estudiosos sospechan
dos razones, no excluyentes entre sí: que la comunidad esenia, rigurosamente
separatista, no aceptaba con facilidad el matrimonio de una mujer judía con un
rey pagano, o que el libro instituye la fiesta de Purim, ausente del calendario
litúrgico que ellos seguían.
El mundo cristiano tampoco lo recibió sin
resistencia. Ningún versículo de Ester se cita en el Nuevo Testamento. Y cuando
el libro llegó al griego, algún escriba o comunidad, incómodo con ese silencio
divino, decidió remediarlo: las versiones griegas de Ester añaden ciento siete
versículos que no existen en el texto hebreo original, repartidos en seis
secciones completas, entre ellas las oraciones de Mardoqueo y de Ester,
ausentes del original, donde finalmente se invoca a Dios por su nombre más de
cincuenta veces. San Jerónimo, al traducir la Vulgata, desconfió de esas
adiciones y las relegó a un apéndice al final del libro, donde permanecieron,
incómodas, hasta que el Concilio de Trento las declaró canónicas siglos
después.
Es decir: generaciones enteras de lectores, judíos
y cristianos, sintieron la misma incomodidad que quizás sentimos nosotros al
leer Ester por primera vez. ¿Dónde está Dios en esta historia? Y la respuesta
que algunos dieron fue añadir su nombre donde el texto original se negaba a
ponerlo.
Yo prefiero el silencio original.
Porque lo que el libro de Ester enseña, sin
nombrar jamás a quien lo enseña, es que la providencia no necesita firma para
operar. Que el rey no puede dormir una noche cualquiera, y por eso pide que le
lean las crónicas, y por eso recuerda que Mardoqueo nunca fue recompensado, y
por eso, al día siguiente, es el propio Amán quien tiene que pasear a su
enemigo en la plaza pública, es una cadena de casualidades demasiado perfecta
para ser casual. El Dios de Ester actúa exactamente como actuaba en los
banquetes de mi propio cumpleaños este año, sin que nadie lo invocara en voz
alta: detrás de la cortina, organizando coincidencias que nadie más que el
lector atento sabrá leer como lo que son.
Si me preguntan qué tiene que ver el diecisiete del segundo mes del Génesis con el diecisiete de febrero del 2026, la verdad es que no lo sé con certeza. Pero sí sé esto: que en un edificio a cincuenta codos sobre un parque, y en una casa a media altura de una colina de cien, dos grupos de personas comimos juntos, leímos juntos, y empezamos a aprender lo mismo que Asuero aprendió tarde y lo mismo que Qumrán se negó a copiar: que hay historias donde Dios elige no firmar, y son, precisamente por eso, las que más debemos aprender a leer entre líneas.



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