Poemas de la adultez El Postumismo

 Con Domingo Moreno Jimenez se encuentran la mayoria de los estudiantes dominicanos durante sus siempre peculiares años de la adolescencia, por supuesto serán escasos aquellos que a esa edad entenderán de que habla este sr. al que los profesores proponen con tanta algarabia, confieso haber sido uno de ellos, confieso que no disfruté de su lectura hasta mayo del 2022, confieso estar muy agradecido de haberlo reencontrado. Lo que no confesaré es el motivo que me llevó a buscar este poema.

                  Poema de la hija reintegrada

Agonía

I

 

Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena

o si la vida es amarga;

sólo te aconsejo que despiertes, adulta de

                                    comprensión más que tu Padre!

 

II

 

Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:

una sábana blanca serán tus días,

una sábana blanca será tu pasado

y tu recuerdo una estrella que frente a frente

                                          me iluminará el porvenir!

 

III

 

No sé por qué tu agotamiento

me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas,

que me hace auscultar el corazón de la tarde.

 

IV

 

Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos.

 

V

 

Hija, hazme tomar la resolución de los otros:

vuelve mi proa añicos

y mi voluntad una piragua;

que nada sea mío desde hoy, que no quiera

                                    poseer nada mañana;

desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme;

sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza;

hazme entero el milagro de darme todo a los elementos,

como si fuera en sustanciación un ser increado!…

 

VI

 

Tu vida fue microscópica, pero grande;

el segundo de tu existir, eterno!

 

VII

 

Hija, cuántas nubes,

cuántos pájaros,

cuántos horizontes insospechados me abre

                                    en el amanecer tu ruta!

 

VIII

 

Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;

verás envuelta el alba en la noche,

y las cosas de mayor transparencia

tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.

 

IX

 

En este mundo donde sólo se premia la

                                    capacidad de fingir mejor,

era justo que llegaras, y después de breves instantes,

ya estuvieras confundida con la cal y con la

                                    mariposa, con el carbón y con la piedra.

 

X

 

¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir

                          desde que te dormiste que en mi

                                                 derredor todo es sombra!

 

XI

 

¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste

a ver la vida con ojo más sabio

y a la humanidad con ojo más triste!  

Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría

                              de los seres mudables el ser tristes?

Triste fue la faz de la tierra cuando se

                                      desperezó el primer hombre!

Triste tiene que quedar la tierra cuando se

                              desentuma en su regazo el último hombre!

 

XII

 

¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir:

                                      boleta de la tumba

Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez,

la preferida mía.

 

XIII

 

Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera;

por ti no cambié

y la fortuna no me sonreirá nunca!

 

XIV

 

Hija, cada vez que examino tu vida

me doy cuenta que tú eres como mi vida:

una sombra entre dos crepúsculos!

 

XV

 

Iba a decir entre dos agotadoras auroras

y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!

 

XVI

 

¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te

                                        debas parecer al crepúsculo?

 

XVII

 

Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda:

Dios dio desnudo a los hombres el verbo,

y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!

 

XVIII

 

Toda filigrana de síntesis es una profanación

                                     ¿verdad, hija mía?

Ya no te puedo buscar sin parcializaciones,

                                     sin atributo contingente:

¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente,

                                     el vaho de las cosas!

 

XIX

 

No te puedo asir con una palabra,

y no debe extrañarte, recónditamente,

porque estás para mí más alta que la región

                                         de las palabras!

 

XX

 

Y vuelvo a caer en las comparaciones.

¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!

 

XXI

 

Miserable hombre que osa creer que

                        después de la sombra la vida es vida!

 

XXII

 

De imperfecciones se forman nuestras excelencias

y es toda la existencia del hombre un brazo tendido

                            hacia el turbio por qué de los enigmas!

 

XXIII

 

-Tiene el pulso demasiado débil,

pero este letargo no es la muerte-.

Su médico era mi propia almohada de cabecera

y yo quedé perplejo ante su callado

                             sufrimiento y la miseria de la vida!

 

XXIV

 

Si fuera bizco de pensamiento

y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras;

hija, iba a blasfemar por tu dolor… pero, ¡perdona!

 

XXV

 

¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos,

y ellos son más dueños de la tierra que los

                             hombres que comercian con ellos!

 

XXVI

 

¡Al través de los milenios, los hombres son

                             puñados de tierra

que se deforman a su antojo!

 

XXVII

 

Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.

Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco

                             y a que lo negro no sea negro.

 

XXVIII

 

Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos,

cómo se agiganta la nada sobre la soledad

                                             de tu aposento,

cómo nace y renace la esperanza por entre

                                       los ámbitos de la vida!

 

XXIX

 

Tibien la leche, terciada con agua,

para si mi chiquitina despierta.

Cuídemela hasta que se vuelva esperma como

                             capullo inmortal el cuidado.

Ella es carne de mi vida, flor de mi

                             pensamiento, cemento de mi alma.

 

XXX

 

(¡Eres, amada mía,

como flor del higüero joven,

como el azogue del crepúsculo,

como la diafanidad de la Naturaleza toda!).

 

XXXI

 

No seas padre; sé Hombre,

sencillamente.

¡Gira tu vida a tu derredor

y que tu amor a una abstracta “Humanidad”

no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!

 


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