La Princesita de Ojos-de-Miel

 

Había una vez una princesita; bella como los atardeceres y cuya sonrisa podía alegrar las piedras del campo; que vivía en una torre maravillosa  casi al borde de la Costa más Rica del extraño reino de los domingos santos.

 

En esa misma zona del reino vivía un curioso, hombre de Fe, que era tesorero del club de solteros de la iglesia de la Costa más Rica a quien habían apodado: Tristeza-en-los-ojos.

 

   Un día Tristeza-en-los-ojos y su club de amigos, no sabían dónde ir a apagar su soledad y se les ocurrió; hoy ya nadie recuerda a cual de todos le llego a la mente la idea primero; buscar  a la paloma mensajera más parlanchina de todas, la única que llegaba a la recamara de la princesita, en la torre de la Costa más Rica, los amigos del Club pensaban que tendría que sobornar a la paloma para que le llevara el mensaje a la Princesita, sin embargo la paloma les arrebató el mensaje y fue elevándose más alto y más alto hasta que La Princesita abriendo su ventana recogió el mensaje, volvió a cerrar la ventana, mientras la paloma revoloteaba frente a ella, y tras unos segundos  La Princesita (a veces; Tristeza-en-los-ojos sueña que Para verlo a él…) les invito a subir al último piso de su torre maravillosa, allí tendría para todos ellos el tesoro más preciado: agua fresca.

   Una vez estuvieron sentados en un amplio y cómodo sofá color turquesa no podían creer lo que encontraron… una moto de rubíes adornaba la sala de la torre. La moto en la que el rey; cuando era apenas un caballero de las comunas, conquistó a la Reina que en ese entonces era una bachiller en el puerto de la plata. El corazón de Tristeza-en-los-ojos, proclive siempre a lo lirico, se llenaba de emoción al ver una muestra de afecto tan extraordinaria… Solo faltaba  escuchar la música de un piano.

 

   Cuando Tristeza-en-los-ojos vio a La Princesita engalanada de esmeraldas fue como si a su alrededor tramoyistas invisibles cambiaran el escenario de toda su vida y donde quiera que algo tenía una mano de pintura triste;  era borrada de una vez y para siempre; no sonaba el piano, algo mucho más bello se reproducía en el aire,  el sonido de la tristeza al marcharse de su corazón y su memoria  era más feliz aún que el más tierno preludio de Bach. La princesita no sólo les dio su tesoro ¡agua fresca! Y; toda la que quisieron; sino que también les ofreció jugos de frutas y chocolates… Como solo los puede comer la realeza, la que paga mucho dinero por las cosas, pero sobretodo La Princesita les daba su sonrisa; sonrisa que era única, brillante, que parecía salida de un alma que solo le pedía bendiciones al Cielo para ellos, el club de solteros de la iglesia. La princesita preguntó el nombre de los miembros de tan ilustre club, Uno de ellos, hoy tampoco nadie recuerda cual, aventuró el apodo de Tristeza-en-los-ojos. La Princesa estalla en una carcajada cándida mientras, entrecortada por la risa, decía que ella había visto irse a la tristeza de los ojos de él y que hablaría con su padre para cambiarle el nombre por el de: Ojos-de-miel.

 Mientras Tristeza-en-los-ojos veía sonreír a La Princesita pensaba con gratitud: entonces esto es lo que quiere decir la Biblia cuando promete que Dios enjugará cada lagrima de nuestros ojos.

 

 

(Para  Grant mi amigo desconocido, 27 de marzo 2014   Juan José Namnun Tavarez)

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