Paquidermo bruñido
Busto de Augusto (eso creo) decorando uno de los pasillos del palacio de Versailles.
El poeta se acercó con andar pausado a la tienda
central del campamento. La luna se elevaba roja sobre la llanura. Un soldado se
entretenía a orillas del fuego jugando a luchar con su sombra. Entre las
espadas desentonaba un yelmo púnico. El poeta no se quedó inmune ante el
simbolismo de la escena y tomó el instrumento entre sus manos. El metal seguía
frio. En bajorrelieve se desdibujaban: un elefante,y los recuerdos compartidos de su
patria, la República que agonizaba.
El poeta entró a la tienda con el yelmo puesto sobre
su cabeza. Le apretaba las sienes; la emoción creció en su pecho, recitó los
últimos cantos que había compuesto. Un general, el más joven del ejército, conmovido se pone de pie, se aleja del fuego tratando de que las sombras
oculten sus lágrimas. Una de ellas humedece el antebrazo de Augusto quien mira
con disgusto al Poeta y espeta con dureza:
- La historia la escribimos los vencedores. Ese final es inadmisible.
El poeta pide disculpas y da media vuelta cabizbajo. Augusto conciliador, lo despide diciendo:
- Desecha el yelmo y la tristeza al salir, Virgilio. Mañana a estas horas nos habremos bañado en el manantial de Eneas.
Cuento publicado en La minificción en Santo Domingo, una muestra de escritura posmoderna. Antologia seleccionado y prologado por Lauro Zavalo, publicado por el Ministerio de cultura en el mes de agosto del 2016
Comentarios
Publicar un comentario